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Opera en el vacío - Capítulo 1

Sé que les ha pasado antes.

Será un buen día. Eso pienso al levantarme para ver el sol. En la mitad del espacio no veras un amanecer, claro, pero soy nostálgico. Floto desde la cabina hacía el comedor, donde está la ventana.

Entonces siento ese curioso dolor en la cara, producto del contacto repentino de ella contra una ventana del comedor. Mi ex-esposa insistió tanto en poner paredes acolchadas y no se molestó en que los vidrios tuvieran una doble capa retráctil, tan famosas ahora. En síntesis, mi nariz está rota. Miro por la ventana (Que está ahora “abajo”) y entiendo la razón. El planeta Rashya. Por alguna razón, mientras dormía, la nave se apagó, el impulso me empujó seis horas hasta este lugar y la falta de velocidad de escape hizo que me atrapara la gravedad del planeta... justo lo que esperas en la mañana, morir quemado en la atmósfera del mundo donde naciste.

¿Verdad que les ha pasado antes?

La maldita computadora de la nave no me avisó de esto, no se porque. Este pedazo de chatarra espacial ya es viejo. Sigue siendo inadmisible que la cosa no haya detectado un campo de gravedad tan fuerte como el de un planeta jalándonos fuera de curso. Revisé quince minutos después, encontrando que las bocinas de la nave están en corto, lo que también quemó las “Luces rojas del día del juicio”...

Lo divertido de quedarte sin combustible y tener dos horas antes de entrar a la atmósfera de un planeta que seguramente te quemará es que te das cuenta que la humanidad aún puede vivir sin máquinas. Hago tal esfuerzo por bajar con mis propias manos el escudo de protección de la nave que el catéter de mi traje espacial empieza a actuar. No debí tomar ese Whisky anoche. Una hora y media de saltar ridículamente por la superficie de la nave sintiendo como necesito usar todo el poder de los electroimanes de las botas que me pegan a la superficie de la coraza y al fin pongo en posición los escudos; claro, no sin antes haber tenido que desmantelar a mano los seguros de movimiento. Ahora sólo queda sentarme a esperar la muerte.

...

Oh, ya esta entrando la televisión local de Rashya; hace 20 años, desde la guerra, no venía a mi planeta natal y no es que quisiera volver, pero no tengo otra opción.

<<Las noticias, el presidente de Rashya fue encontrado construyendo un mausoleo griego con fondos destinados a los refugiados de Salfen, el congreso le multa con veinte mil lairos. Un refugiado iracundo por la medida contra el presidente ataca a un empresario de Xenos, la empresa constructora del proyecto, robándole su holocard y un billete de cinco lairos. El empresario alega daños psicológicos, aseverando que el billete era un regalo de su difunta madre; el IA-Synapse del jurado falla a favor de los 20 abogados de Xenos, el abogado de oficio se suicida lanzándose al tren... y falla debido a la nueva instalación de Paxalina, el nuevo gas neural tranquilizante usado en la ventilación de las estaciones de metro, para un tranquilo viaje a casa. El refugiado es condenado a cadena perpetua en Alcatraz; la prisión de la segunda luna de Rashya.
Si quiere ampliar la noticia del refugiado, de click aquí ahora >>

Por esa maldita “Ley de total información de Auros”, todos los planetas del congreso tienen la obligación de pasar en todos los canales del Synapse las noticias en transmisión masiva, a la misma hora. No hay nada que ver y todavía me quedan 20 minutos antes de que me muera.

Un planeta que pueda sostener la vida ha de ser agua en tres cuartas partes; pero claro, nadie le dijo eso al que terraformó Rashya; que solo tiene un 50% de agua. Selvas secas, desiertos en cantidades, algunos mares internos en los continentes, lagos, un océano que fue escenario de “La guerra de los de arriba y los de abajo”; ya que Rashya es el único planeta de la galaxia para el que los polos son este y oeste, no norte y sur; por lo que el océano divisor hace de lugar de disputa de “los de abajo” con “los de arriba”. Uno pensaría que esto hace a Rashya un planeta especial, pero no, solo estúpido.

Aún más estúpido que haya sobrevivido la entrada a la atmósfera, porque siendo sinceros, no me iba a quemar, el escudo quedó perfectamente posicionado para proteger la nave de la fricción, pero, aparte de tener en pantalla mil avisos por parte de las fuerzas militares del continente “de arriba” y el continente “de abajo” advirtiéndome como no me reporté en la estación espacial de aterrizaje en órbita, como estaba cometiendo un delito y como me iban a derribar, parece que también tendré que caer sobre el desierto.

A mach 6, tengo mis huevos en dos tacitas en la cocina tras su salida por mi garganta, por lo que creo que no sólo no sentiré el impacto y la destrucción de esta basura contra la arena, sino que tampoco tendré suficiente capacidad cerebral para recodar que en este preciso desierto queda la casa donde nací.

Claro, mi caída es diagonal, por lo que siempre me queda la esperanza de aterrizar en una represa o encima de un campamento de refugiados, no sobreviviré, pero mi muerte causará el sufrimiento de miles; justo lo que esperaba, ser recordado. No... Sólo desierto y... oh, las bocinas se arreglaron, el retorcer de la nave contra la atmósfera seguro hizo que los cables volvieran a hacer contacto, porque toda la nave se alumbra de ese carmesí tan romántico de las “Luces rojas del día del juicio” y una voz de actor pornográfico (Otro detalle de mi ex-esposa, la voz de la nave) me anuncia lo muy cerca que estoy de estrellarme contra la superficie de un planeta. Si, así imaginaba que moriría.

Sólo que no muero, sino que me estrello contra el mar a 100 kilómetros de la playa, donde el impacto crea un tsunami de tal potencia bíblica que asesina a un (1) pescador de la zona; de todas formas odiaba a esos robots de pesca desde pequeño, cuando nadando, uno me confundió con el pescado y me llevo en sus redes por dos semanas, en las que viví comiendo pescado crudo y cantando una opera ligera; hasta que un ingeniero me rescato ya al otro lado del mundo, en una región de monjes e industrias procesadoras de pescado.

Escucho como afuera el escudo se dobla por la fuerza del impacto contra el agua y como la sensual voz de mi nave cesa; el cable se volvió a soltar.

No deja de ser irónico que haber caído en el fondo del mar permita que la nave se abastezca de suficiente agua pesada como para arrancar la nave; aun recuerdo como en mi niñez me escandalizaba al saber que las naves usaban agua como combustible, era tan costosa en el desierto, que imaginar esos motores de fusión fría malgastándola en la reacción del impulso fue la fuente de mis infantiles pesadillas.

La computadora de la nave funciona, el emoticon de carita feliz que sale en las pantallas me indica que no hay daños estructurales, tengo soporte de vida en la nave y queda suficiente energía eléctrica en la planta de micro-fusión para procesar y absorber tanta agua como para viajar de aquí al Quasar PHL 1222 y hacer café en las mañanas.

La hora de la nave es 03:10:15, pero en la caída libre los sensores infrarrojos de la nave pudieron medir, como siempre, rotación, posición y ángulo del sol, por lo que veo que la hora local es 04:99:82, justo el medio día. La computadora se conecta al Synapse y descarga el mapa actual de Rashya; avisándome que estoy en el océano divisor y que tengo dos sobregiros en el banco.

Salgo del puente y reviso el comedor, donde las paredes están completamente untadas de salsa de arsecio, que era precisamente lo que comía antes de romperme la cara; dos moretones en la espalda, una nariz rota y el tobillo dislocado, nada grave. Voy a mi cuarto, donde esta el kit de enfermería, me inyecto 10 miligramos de Calfus en la nariz y en una hora estará como nueva, limpio un poco mi cara con la ahora abundante agua de la nave y me conecto al Synapse con la pantalla arriba de mi cama, donde publico en un sitio de anuncios la petición por un mecánico con herramientas capaces de reparar un escudo acerado. Saco del armario el soldador y voy al puente; recojo del piso el gastado tubo de la salsa de arsecio y me voy chupándolo camino al maldito cable roto.

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