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Opera en el vacío. Parte 2: Capítulo 11

A los quince años, Juanita escapó de su casa con un capitán de nave de carga. Le prometió un futuro feliz ahora que era mayor de edad y la abandonó a su suerte al cumplir dieciséis. Juanita decidió jamás volver a sufrir ni depender de nadie, por lo que empezó a trabajar en el planeta donde aquel capitán la dejó.

A sus veinte años, con cuatro años de servicio en el Muelle Espacial de Presea, Juanita vio como una nave espacial explotaba justo en la pista de la que ella se encargaba. Segundos antes de que la explosión la alcanzara, Juanita pudo oprimir el botón de emergencia y proferir tal insulto a la creación que, de acuerdo a las leyes del caos, fue el destructor de la vida tal cómo la conocemos diez milenios después.

Los restos del desastre fueron rápidamente retirados por los robots de limpieza. Dos de estos cargaban una gran pieza de metal torcido sobre la que podía leerse, forjado en bajo relieve, “Opera”. Sendos disparos los alcanzaron repentinamente, destruyéndoles. Más allá de los escombros, de un Xenos Dragoon emergían dos figuras decididas a acabar con la labor en el muelle. Dos personas de oscuros vestidos y blancas espadas. Dos armas en sus manos que disparaban sin cesar a los autómatas limpiadores. Ninguno quedó sobre la pista.

Siete contenedores, antes camarotes del Gigas yacían en el lugar. Destrozados, incinerados. Aunque uno de ellos, de un negro absoluto, estaba intacto. Dos puntos láser lo empezaron a recorrer, provenientes de las armas de aquellos samuráis. Al instante, del Dragoon emergieron dos arpones que atraparon al objetivo fijado por los lasers.

- Los Castus son caros para ser robots de limpieza. Creo que aún no habíamos pagado éstos.

Dos pequeños robots voladores cortaron en un instante los cables que unían el contenedor con la nave Dragoon. Luego desaparecieron. Mitsuki y Shiro dieron media vuelta y desenfundaron sus espadas.

- Los Orcus en cambio, esos son buenos vigilantes autómatas.

Un hombre. Ojos oscuros, barba abundante, semblante cansado. Un bastón, ropa elegante y un largo y viejo abrigo. Frente a su rostro había un holograma, proyectado desde el bastón, mostrando el estado de varios Orcus. Su mano derecha, fuertemente aferrada al mango de aquel bastón, controlaba a esos robots.

- Ese contenedor es propiedad de Xenos Inc. - decía Shiro -. Nos lo llevamos.
- Oh no, me temo que ese contenedor es de mi propiedad. Al igual que esos robots que ustedes destruyeron tan a conciencia. - respondió aquel viejo.

De la nada, doce robots planearon alrededor del lugar y rodearon a la pareja. No más grandes que la cabeza de una persona. No más pesados que una roca del mismo tamaño. Armados con afiladas aspas y cañones Phalanx. Volaban en ciclos irregulares, demostrando su maniobrabilidad.

- Nunca es fácil. - dijo Mitsuki.

Los robots dispararon al unísono. Shiro dio un giro hacia atrás y eliminó en una incisión a uno de los Orcus. Los demás robots dispersaron su formación, disparando a medida que esquivaban a sus contrincantes. Mitsuki saltó hacía uno de ellos, atravesando su espada en sus mecanismos con un tsuki. Atrás, aquel hombre miraba fijamente la imagen que irradiaba su bastón. Concentrado. Dos Orcus embistieron a Shiro antes de que Mitsuki los destruyera. En un segundo, los ocho Orcus restantes volaron a espaldas del enemigo, descargando por completo calientes ráfagas de plasma sobre ellos. Un brillante destello inundo el lugar, cegando a todo aquel que viera la escena.

Sonidos de aspas chocándose con espadas. Espadas cortando metal. Aspas cortando carne. Doce robots inutilizados se sumaban ahora a los escombros del lugar. Shiro y Mitsuki estaban en la mitad de aquel escenario. Arrodillados. Apoyados en sus espadas. Silenciosos. Respirando agitadamente. Sus ropas brillaban tenuemente y poco a poco volvían a su oscuro perpetuo. Un hilo de sangre salía de la frente de Mitsuki, un corte limpio se veía en la mano de Shiro.

- Trajes blindados, ¿Eh?

El hombre blandió su bastón como si fuera una espada y los miro en señal de desafió.

- Entonces será un combate de honor el que determine este duelo.

Con pasos seguros, el viejo camino lentamente hacia los Cobradores. Levantando el bastón y apuntándolo hacia ellos en señal de reto. Shiro y Mitsuki arrojaron sus armas al suelo y presentaron ceremonialmente sus katanas. Casi cuarenta metros los separaban del viejo. Corrieron, pero él siguió caminando. Gritaron, pero él no cambió de rumbo. Tres metros. Saltaron. Y desde la punta del bastón, una onda sónica los golpeó con la fuerza de un huracán.

- Ya no hay honor.

Mitsuki se levanto, mareada. A su lado, Shiro estaba inconsciente y con la nariz rota. El impulso sónico la golpeó en el brazo derecho, pero fue suficiente para que el agarre de su mano temblara. Shiro recibió el impacto por completo. Ella, por primera vez furiosa, tomó su espada del suelo y volvió a lanzarse hacia aquel anciano. Su grito de combate sacudió el lugar. El kissaki de su katana apuntaba directo a la garganta de su enemigo. Los músculos de sus brazos descargaron años de entrenamiento en un ataque mortal.

El hombre interpuso su bastón, que sin oponer resistencia se partió en un corte limpio. La mitad aún en su mano derecha, la otra mitad en el suelo. La hoja de Mitsuki estaba a menos de 20 centímetros de su nariz. Su mano izquierda, en centésimas de segundo, abrió el abrigo y tomó un sable oculto. Una espada vieja, de épocas de guerra, una que a dos centímetros, detuvo el ataque de Mitsuki. En el filo de esta arma, escrito en bajo relieve, se podía ver la insignia de la Flota de los Tres Soles junto al nombre de aquella nave donde su portador sirvió. Opera.

Mitsuki saltó hacia atrás y se mantuvo en posición de combate. Ningún elemento se había opuesto antes al camino de su arma. Nadie que no fuera su esposo había vivido a la hoja de su katana. Nadie había mermado como ahora su espíritu de guerra.

- Tú no ibas a bordo del Gigas Opera. ¿Por qué tienes esa espada? - pregunto Mitsuki.
- Creo que estaría muerto si hubiera estado a bordo. Pero en otros tiempos lo estuve.
- ¿Quién eres?
- El problema de la fama es que crees que todos te conocen. Soy el líder de la Federación de Comerciantes, presidente de la luna Presea. Raúl Axeliano Jiménez.
- El capitán Axe. - Susurró Mitsuki.
- No, eso fue en la época de la Flota. Sólo Axe está bien.
- El contenedor de ese Gigas pertenece a Xenos. - dijo Mitsuki, apuntando hacia la inmensa caja negra.
- Sin mi bastón no tengo ventajas tácticas. Decidamos esto con aquel honor del que hablaba antes.

Axe se lanzó hacia Mitsuki. Ella lo esquivó en un bote lateral y contraatacó, hundiendo su espada en el abrigo, que no pudo penetrar. Él aprovechó el momento de confusión, descargando su sable hacia el pecho de ella, cuyo traje también resistió el castigo. Bloqueos, saltos, giros. Mitsuki sólo se defendía. Miraba a los ojos de Axe todo el tiempo. Giraba alrededor de aquella pista en llamas una y otra vez. Bailaban al son de su hoja adiamantada chocando el sable invencible de ese antiguo capitán.

Se quedaron quietos. En guardia. Inmóviles. El sudor de sus cuerpos se combinaba con el calor del ambiente. Fuego alrededor, escombros por todas partes. Un Dragoon a lo lejos. El cuerpo de un hombre en el suelo. Una mujer y una katana. Otro hombre y un sable. Ruido de motores a lo lejos. Sonidos de emergencia en los altavoces del lugar. Una brisa calida e hiriente en el ambiente. Ojos mirando sólo a los otros ojos.

- Mi sable y mi abrigo. Son nanotubos de carbono. Una tecnología vieja pero funcional.
- Por eso no los puedo cortar - le respondió Mitsuki -. ¿Sin honor de nuevo?
- Siempre puedes cortarme la garganta.

Un salto largo. Axe lleva hacia atrás su sable y lo descarga su sable contra el cuello de Mitsuki. Ella sonríe, se impulsa hacia atrás, gira y salta. En el aire, su mano izquierda toma el arma hacia la que ella había estado retrocediendo. El plan fue perfecto, Axe ahora lo sabe, él suelta el sable y de su abrigo saca una pequeña pistola. Un verde punto laser se posa sobre el corazón de Axe desde el arma de Mitsuki. Un punto laser azulado se posa sobre la frente de Shiro, aún inconsciente en el suelo, proveniente de la pistola de Axe.

- Un solo disparo hará estallar su cabeza. - amenaza Axe.
- Un movimiento de mis dedos - le responde Mitsuki -. Y mi nave descargara el cortador de plasma contra ti.
- Ah si, las armas a control remoto de los Dragoon, tuve uno hace poco. Pero no era de Xenos. Los Dragoon de Xenos no pueden disparar y activar sus escudos al tiempo.

El inconfundible brillo azul de un disruptor iónico cruzo el cielo atrás de Mitsuki. El poderoso rayo que nacía en el horizonte dio de frente contra el Dragoon. Los deflectores escudo del Dragoon interceptaron y repelieron aquel primer impacto. Pero un segundo, del otro lado del horizonte, impacto de nuevo contra la nave. Ella giro su cuerpo sin dejar de apuntar. De norte y sur varias naves de tipo Valkiria volaban hacia ella. Una y otra vez, disparaban sin cesar sus descargas contra el Dragoon. No resistiría mucho.

- ¡Cinco valkirias! - Grito Mitsuki a Axe con ira.
- No se puede ser presidente sin ejército que proteja tu hegemonía.

De las valkirias varios soldados empezaron a saltar. Todos con exotrajes armados de infantería móvil. Pesados rifles conectados a baterías de microfusión a sus espaldas. Colecciones de armas de todo tipo en sus cargadores. Cuatro infantes por nave. Desde el cielo disparaban aturdidores a Mitsuki. Uno, dos, todos absorbidos por su traje. Cinco, seis, su traje no podría con todo. Nueve, diez, Mitsuki empezaba a sentir los choques. Su brazo aun apuntaba al pecho del presidente de Presea. Sus ojos veían a Shiro.

Cuando los veinte soldados tocaron el suelo. Mitsuki bajo su brazo, cerró los ojos y dio una orden a su arma, transmitiéndola a la nave. Los cañones escudo dejaron de repeler los ataques. Las valkirias se unieron en formación Delta. Se alejaron, giraron y dispararon, una detrás de la otra. La coraza de la nave cedía tras cada impacto. Seis soldados corrían hacia Axe. Dos soldados hacia Shiro. El resto hacia Mitsuki. La cubierta del Dragoon se torno oscura y el aire alrededor empezó a vibrar. Mitsuki levantó su espada y la clavó en el suelo. Axe gritó algo, nadie lo escuchó.

Las valkirias lo sabían, cesaron sus ataques y se dispersaron. Planearon en diagonal y se prepararon a aterrizar tan lejos como pudieran. Axe se quitó su abrigo y lo arrojo lejos de él. Varios soldados intentaron salir de sus exotrajes cuando recibieron la señal de las valkirias, pero era tarde. Una onda oscura se extendió por todo el lugar. Una esfera negra, translucida como humo pero fuerte como una tormenta. Axe vio todo. La antes blanca espada se tornó de un insondable negro en las manos de Mitsuki. Los exotrajes empezaron a vibrar y luego descargaron fuertes choques eléctricos sobre aquellos que aun los vestían, estallando en algunos casos. Todas las armas, las pantallas holográficas alrededor, los altavoces en los postes de la pista, vibraron y descargaron explosiones eléctricas hasta quedar inútiles.

Mitsuki corría, directo a Axe. Su espada aún clavada al suelo. Seis de los siete camarotes-contenedor del Gigas en ruinas vibraron y descargaron electricidad similar a la de un aturdidor de la misma manera que los restos rotos de robots Castus y Orcus en el suelo. Mitsuki llegó a un metro de Axe, lo miró a los ojos, le dedicó a una sonrisa y lo sobrepasó. La negra onda expansiva seguía creciendo, tratando de capturar a las valkirias dentro de ella. Las cinco naves lograron salir de su área de influencia y aterrizaron más allá. Soldados muertos rodeaban el lugar. Mitsuki tomó en sus brazos a Shiro y corrió de vuelta. Axe reaccionó, tomó su sable del suelo y lanzó una estocada hacia ella. Mitsuki saltó y hundió su espada en el ahora desprotegido estomago de Axe al tiempo que él daba un ligero corte al cuello de Shiro. Mitsuki cayó suavemente y continuó su fuga tras un rastro de la sangre de su esposo. Los pocos soldados ilesos corrieron tras ella, pero en cuanto logró subir al Dragoon, éste encendió sus motores y se dirigió automáticamente hacia el espacio.

Aquella explosión de oscuridad cesó y la luz del sol volvió a inundar el lugar. En el cielo se veía la figura del pálido planeta gaseoso al que orbitaba Presea y un Dragoon herido escapando a toda velocidad. Centelleantes impulsos eléctricos aún recorrían cada aparato que aquel velo negro tocó. Excepto el séptimo contenedor del Gigas Opera, la caja negra sellada e intacta que Mitsuki, Shiro y Axe tanto querían.

Los soldados vivos despertaron y activaron los cierres mecánicos de sus trajes para quedar libres. Se acercaron a Axe, que recogió su abrigo del piso, lo sacudió mientras algunas chispas saltaban y lo volvió a poner sobre sus hombros.

- ¿Está bien jefe?, ese fue un escape con estilo - Comentó uno de ellos.
- Por eso cobran a Xenos cien mil lairos diarios y tú sólo ganas veinte - Le respondió Axe -. Mi herida no es nada.
- Nos podría subir el sueldo - Dijo otro de los soldados.
- Cuando manejes una espada como esa niña quizás, ¿Qué bajas hay?
- De la escuadra de Dani, la mitad están muertos. Hay dos heridos en mi escuadra y uno en la de Leo.
- ¿Y Dani?
- Creo que vi su cabeza cerca al motor del Dragoon.
- Seis bajas. Dani muerto por un cobrador muerto. Que informen a su familia y le den una pensión vitalicia en mi nombre.
- Sí señor.
- Ahora ve y justifica tu paga. Quiero que registren cada uno de esos contenedores y busquen cualquier cosa que parezca viva. También allá adelante donde cayó el puente de mando.
- ¿Se refiere a la bola de metal incandescente de adelante?, ¿Eso es el puente de un Gigas?
- Por eso te pedí que fueras a la escuela de pequeño, ahora vayan.
- Sí señor.
- Tu no Freddie, tu vienes conmigo. Trae mi bastón.

El soldado levantó el roto bastón y se lo llevo a Axe. Ambos caminaron hacía el contenedor intacto. El resto de los soldados registró sin éxito los restos de la nave. Cuando terminaron de revisar cada parte, empezaron a dar el reporte de lo encontrado.

- Estos contenedores eran habitaciones del Gigas.
- Dime algo que no supiera antes Scipio.
- Éste está lleno de ropa de mujer. ¿Puedo quedármela jefe?, mi esposa seguro...
- ¿Alguien más encontró algo que valga la pena?
- En el puente hay algo jefe, venga acá.
- Estoy tratando de abrir este contenedor, dime que ves Leo.
- La silla del copiloto no está. La del piloto tampoco pero hay mucha sangre aquí yun cuchillo clavado en la consola de mando.
- ¿Cuchillo de la Flota?
- Sí jefe, dice Opera, como su sable.
- Trae el cuchillo y formen a sus hombres. Que los sobrevivientes de la escuadra de Dani se integren a las otras. Scipio, tu también ven acá.

Las tres escuadras de Leo, Freddie y Scipio formaron alrededor del contenedor. Once hombres y sus tres comandantes veían a Axe contemplar fijamente el viejo cuchillo.

- Freddie - dijo Axe -. Dame tu adaptador Synapse.

Axe conectó el adaptador a los implantes que tenía en su nuca. Con su mente enlazada al Synapse, abrió la red militar de Presea y solicito a las cinco valkirias que regresaran. Cuatro volvieron. Ordenó que tomaran el contenedor y lo voltearan al revés.

- Con mucha lentitud y cuidado - Añadió Axe a su orden.

Por el otro lado, el contenedor exhibía una compuerta segmentada, sellada a altísima presión. Varías marcas de agarres herméticos se encontraban a los lados. Éstas convertían al contenedor en parte de la nave. Al lado de la compuerta, una ranura. Axe introdujo el cuchillo en la ranura y está se abrió para dar paso a un lector biolográfico, sobre el que Axe escupió. Los 4 lados del contenedor se separaron de repente y cayeron a los lados del contenedor, ahora abierto. Un humo de aire a presión se dispersó. Adentro, una caja negra con puertos de conexión por todos lados y el logotipo de Xenos descansaba. A su lado, Axe vio algo que lo dejo inmóvil unos instantes y luego lo impulso a decir...

- Ed.

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